Opinión

Dinamarca sobre ruedas: lo que una bicicleta puede enseñarnos sobre el cuidado de las personas mayores

Un imán souvenir de nevera de una bicicleta con la bandera de Dinamarca. (Foto: Juan Pablo Correa).
Juan Pablo Correa | Sábado 06 de junio de 2026

Cuando se visita Dinamarca para conocer sus residencias y sistemas de cuidado para personas mayores, es difícil no fijarse en un elemento que aparece una y otra vez: la bicicleta.

Está en las calles, en las plazas, frente a los centros residenciales y también en los espacios de innovación social. En algunos lugares incluso aparece representada simbólicamente mediante una rueda utilizada como calendario anual, como herramienta de planificación o como metáfora de los ciclos de la vida. Durante nuestro viaje geroasistencial organizado por Inforesidencias, la bicicleta terminó convirtiéndose en una inesperada guía para comprender la cultura danesa del cuidado y de la innovación.

La relación entre Dinamarca y la bicicleta no es reciente. El país lleva más de un siglo construyendo una cultura ciclista. Ya en las décadas de 1920 y 1930 la bicicleta era considerada un símbolo de igualdad y libertad, accesible para todas las clases sociales. Más tarde, durante las crisis energéticas de los años setenta, las ciudades danesas apostaron decididamente por crear infraestructuras seguras para los ciclistas, una estrategia que continúa hasta hoy.

Sin embargo, cuando se habla de ciudades ciclistas, la fama suele recaer sobre Ámsterdam. La capital neerlandesa ha logrado proyectar internacionalmente una imagen muy potente asociada a la bicicleta, en parte gracias al turismo y a una estrategia urbana ampliamente difundida. Pero Copenhague compite desde hace décadas en los primeros puestos mundiales de movilidad ciclista y muchos de sus habitantes consideran la bicicleta simplemente la forma más rápida y natural de desplazarse por la ciudad.

Durante las visitas a residencias y organizaciones danesas apareció repetidamente la imagen de la rueda. No parecía casualidad. La rueda representa movimiento, continuidad, equilibrio y conexión. En algunos centros se utiliza para organizar actividades a lo largo del año, distribuyendo proyectos y objetivos en un ciclo continuo. Pero esa imagen también ayuda a entender cómo funciona el propio modelo danés de innovación y cuidados.

La estructura radial que define a los modernos distritos de innovación europeos tiene un exponente en el Health Tech Hub Copenhagen, una asociación sin ánimo de lucro que parece inspirarse directamente en la fisonomía de una rueda. En este esquema, un núcleo central coordina la actividad de múltiples actores —desde startups, universidades y ayuntamientos hasta grandes farmacéuticas como Novo Nordisk, voluntarios y centros residenciales— que trabajan de manera sincronizada. Esta red de interdependencias funciona como un engranaje donde el progreso y la estabilidad colectiva dependen del ajuste armonioso de cada uno de sus radios.

Dinamarca juega un papel fundamental en la evolución moderna de este concepto. No porque inventara el concepto de “hub”, sino porque fue uno de los primeros países en convertir la innovación colaborativa en una estrategia de Estado. Mientras en Estados Unidos los hubs crecían alrededor de iniciativas privadas o universitarias como Silicon Valley, Dinamarca entendió tempranamente que estos espacios podían ser herramientas de política pública, diplomacia económica y cohesión social.

Esa vocación por la apertura se materializó tempranamente en 2006 con el nacimiento del Innovation Centre Denmark (ICDK) en Silicon Valley, cuya inauguración contó con el respaldo institucional del príncipe Joaquín. En el corazón de este ecosistema opera Healthcare Denmark, una entidad de colaboración público-privada sin ánimo de lucro dedicada a proyectar internacionalmente el potencial de las ciencias biológicas y los sistemas sanitarios daneses. Durante nuestro encuentro, comprendimos cómo estos distritos logran amalgamar en un mismo entorno físico a diplomáticos, académicos y representantes del sector privado. El propósito es tejer puentes sólidos entre las capacidades locales y los epicentros mundiales de la vanguardia asistencial, una estrategia que ya ha echado raíces en ciudades como Shanghái, Múnich o Boston.

Pero las raíces culturales del modelo son aún anteriores. En Aarhus nació en 1991 Kaospilot, una escuela de liderazgo creativo y transformación social inspirada en movimientos juveniles y contraculturales. Allí se experimentó mucho antes que en otros lugares con metodologías de codiseño, trabajo horizontal y creación de comunidades creativas. La idea central era sencilla: la innovación no surge únicamente de reunir expertos en oficinas modernas, sino de crear espacios humanos donde diferentes perfiles puedan colaborar de manera flexible.

Ese enfoque también aparece en el sector geriátrico danés. Muchas de las residencias y organizaciones visitadas funcionan como pequeños hubs locales donde participan municipios, profesionales sanitarios, universidades, empresas tecnológicas, voluntarios y familias. La innovación no se percibe como un producto aislado, sino como una infraestructura de colaboración permanente.

Quizás el mejor ejemplo de cómo esa filosofía se traslada al cuidado de las personas mayores sea Cycling Without Age, una iniciativa nacida en Copenhague en 2012. Su creador, Ole Kassow, observó que muchos residentes de centros geriátricos apenas tenían oportunidades de salir y participar en la vida de la ciudad. Ciclista habitual, decidió alquilar un triciclo adaptado y ofrecer paseos gratuitos a personas mayores con movilidad reducida. Lo que comenzó como una pequeña experiencia en una residencia local acabó convirtiéndose en un movimiento internacional presente en decenas de países.

La filosofía de Cycling Without Age se resume en una frase sencilla: “el derecho a sentir el viento en el cabello”. Más que un servicio de transporte, la iniciativa busca devolver a las personas mayores experiencias, conversaciones y recuerdos. Durante los trayectos se generan encuentros intergeneracionales y se recuperan historias que de otro modo quedarían encerradas entre las paredes de una institución.

Uno de esos encuentros tiene como protagonista a David, un voluntario inglés de 84 años que colabora realizando paseos en bicicleta con residentes de Søgården, una residencia danesa. Su historia refleja bien el espíritu de este movimiento. Lejos de la imagen tradicional de la jubilación, David continúa contribuyendo a su comunidad acompañando a otras personas mayores en recorridos por el entorno. En estos paseos no solo se desplazan los pasajeros; también circulan recuerdos, conversaciones y vínculos sociales.

Pero detrás de estas experiencias también existe toda una industria especializada en movilidad adaptada que se centra en el desarrollo de bicicletas no convencionales, conocidas como trishaws o rickshaws ciclistas, diseñadas específicamente para transportar de forma segura y cómoda a personas mayores o con movilidad reducida. Entre las marcas especializadas se encuentran Christiania Bikes, una marca histórica cuyos triciclos incorporaron mejoras como asientos más cómodos, reposapiés abatibles y estructuras para facilitar la conversación. Otra empresa destacada es Nihola, conocida por fabricar triciclos extremadamente estables, utilizados por residencias y organizaciones comunitarias. Además, la danesa Triobike ha desarrollado modelos eléctricos de alta gama.

Sin embargo, quizás lo más interesante no sea la tecnología, sino el diseño social de estas bicicletas. A diferencia de una bicicleta convencional, donde el pasajero viaja detrás, en los trishaws las personas mayores van sentadas delante. Pueden mirar la ciudad, mantener contacto visual con peatones y vecinos y participar activamente del entorno mientras conversan con quien pedalea.

Esa pequeña modificación cambia completamente el sentido del vehículo. La bicicleta deja de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en una herramienta de relación humana.

Lo que observamos durante este viaje fue que en Dinamarca la bicicleta no es solo una cuestión de movilidad urbana. Es una forma de entender la comunidad, la autonomía y el envejecimiento. La misma cultura que permite que miles de personas se desplacen diariamente al trabajo o a la escuela en bicicleta también inspira proyectos destinados a que las personas mayores sigan conectadas con la vida de sus barrios.

Quizás esa sea una de las principales lecciones que deja Dinamarca a los profesionales del sector geriátrico. Las innovaciones más valiosas no siempre son tecnológicas. A veces consisten en algo tan simple como una rueda que sigue girando y que nos recuerda que, independientemente de la edad, todos necesitamos formar parte del movimiento de la vida.

Autor del texto: Juan Pablo Correa, antropólogo con máster en gestión de empresas de comunicación. Asesor de la estrategia digital de Inforesidencias.

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