Expertos reunidos en el congreso CUIDA alertan de que los modelos asistenciales actuales priorizan la gestión de la dependencia física sobre el bienestar emocional y el sentido vital de los residentes. La legislación, las rutinas organizativas y la falta de escucha aparecen como los principales obstáculos.
La soledad no deseada en los centros residenciales no se combate con más actividades ni con más protocolos. Se combate reconociendo a las personas, escuchándolas y construyendo con ellas un proyecto de vida que tenga sentido hasta el final. Esa fue la conclusión compartida por los cuatro participantes de la mesa 'Soledad no deseada en centros institucionales', celebrada en el marco de la primera edición de CUIDA, congreso y feria profesional especializada en la atención y el cuidado de las personas mayores, celebrada en La Farga de L'Hospitalet, Barcelona.
A lo largo del debate se abordaron también temas como los errores más habituales en la interpretación del fenómeno de la soledad; su dimensión como problema de justicia social y sus consecuencias en salud pública; el peso de los protocolos institucionales y la legislación como freno a una atención verdaderamente individualizada; el valor de las actividades significativas y el contacto con la naturaleza como herramientas reales de conexión; el papel de las nuevas tecnologías; y la necesidad de un cambio profundo de narrativa colectiva sobre cómo se vive y se acompaña la última etapa de la vida.
La mesa, moderada por Anna Cebrián, directora de Inforesidencias, reunió a Juan Ignacio Vela Caudevilla, director de contenidos del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada de la Fundación ONCE; la doctora Laura Coll Planes, profesora de salud pública e investigadora en soledad y envejecimiento en la UVic-UCC; y Núria Butinyà, gerente de la Fundació Privada Hospital Santa Llúcia, socióloga y trabajadora social.
Cebrián abrió el debate situando el fenómeno en un marco más amplio, el del médico y geriatra Bill Thomas, impulsor de la Atención Centrada en la Persona, quien identificó tres "plagas del alma" que la medicina moderna no había sabido resolver: la soledad, el aburrimiento y el sentimiento de inutilidad. Desde ahí, la pregunta que vertebró toda la mesa: ¿cómo añadir vida a los años, y no solo años a la vida?
Juan Ignacio Vela identificó tres errores habituales en la interpretación de la soledad. El primero, reducirla a una situación objetiva: pensar que estar solo equivale a sentirse solo. El segundo, creer que la solución es puramente asistencial. "La soledad no se combate con programas solamente, se combate con reconocimiento de las personas que están a nuestro lado", afirmó. El tercero, la incapacidad colectiva de escuchar: "Es difícil cuando no encontramos a nuestro lado gente que nos pueda escuchar."
Núria Butinyà, desde su experiencia cotidiana al frente de un centro de 120 personas, señaló que la soledad en residencias se manifiesta con frecuencia de forma silenciosa: a través de la apatía, las quejas reiteradas o las demandas continuas. "Hay a veces detrás un sentimiento de soledad que no quieren o no pueden reconocer ellos mismos", explicó.
Laura Coll Planes aportó la perspectiva de la salud pública y reclamó ir más allá de los titulares que equiparan la soledad con el riesgo de mortalidad. Aunque reconoció que esa evidencia ha ayudado a situar el tema en la agenda, advirtió del riesgo de quedarse en las consecuencias sin abordar las causas. "La soledad está desigualmente repartida y es un tema de justicia social", señaló, apuntando a las condiciones estructurales —recursos económicos, situación laboral, vulnerabilidad social— como los factores que más la determinan. Un terreno, reconoció, "menos atractivo para el debate público".
Coll Planes fue más allá y señaló que esa incomodidad tiene una razón de fondo: hablar de las causas estructurales de la soledad obliga a hablar de cómo vive la gente, de sus condiciones laborales y económicas, de política. "Vamos a los temas políticos aburridos en lugar de hablar de otra cosa", ironizó, frente a la tendencia a buscar soluciones individuales para lo que es, en su raíz, un problema colectivo.
La investigadora también alertó de la aceleración social como factor agravante: un ritmo de vida que, a su juicio, "no nos da tiempo para cuidar a los otros, y menos a los más vulnerables".
El bloque central del debate giró en torno a la tensión entre la organización institucional y la atención individualizada. Butinyà fue directa: la legislación vigente que regula las residencias es "muy antigua" e "inviable" para trabajar con calidad. "Hablan de atención centrada a la persona, pero precisamente es atención centrada en los protocolos", afirmó.
En su fundación, la respuesta ha sido poner a las personas en el centro de las decisiones: son los propios residentes quienes eligen adónde quieren ir en las excursiones semanales, qué animales conviven con ellos en el centro —gallinas, perros, gatos, tortugas, periquitos— o cómo se gestiona la piscina municipal del pueblo, abierta a toda la comunidad desde el propio centro.
Anna Cebrián reforzó ese diagnóstico en su reflexión final. "Las residencias se están llamando instituciones porque la normativa las está creando como instituciones, pero no quieren serlo", afirmó. A su juicio, la normativa obliga a unos protocolos y unas tareas que impiden hacer las cosas "como en muchas residencias les gustaría hacer", que es atender la individualidad de cada persona, sus necesidades y sus preferencias. "Nos pone a todos en un grupo, en un solo paquete", concluyó.
Vela respaldó ese enfoque recordando el caso de Bill Thomas: cuando una residente le confesó que su dolor era la soledad, el geriátrico se transformó. Entraron animales, los residentes se convirtieron en cuidadores de otros, y el sentido de utilidad volvió. "Iríamos a sistemas centrados en el proyecto de vida que tengan ellos", resumió Vela, frente a los modelos actuales, "centrados en la gestión y las necesidades".
Coll Planes presentó dos proyectos europeos en los que participa como ejemplos de lo que significa una actividad realmente significativa. En el primero, el punto de partida no era la rehabilitación física sino una pregunta sencilla: ¿qué te gusta? ¿Qué música quieres que pongamos? Las respuestas sorprendieron incluso a los propios profesionales. En el segundo, una intervención de prescripción social basada en la naturaleza en Helsinki demostró que organizar salidas cortas a entornos naturales cercanos reducía la soledad en personas con alta dependencia.
Butinyà confirmó que en su centro esa conexión con la naturaleza es constante y espontánea: los residentes, muchos procedentes del mundo rural, eligen sistemáticamente visitar el mar, campos que ellos mismos cultivaron o simplemente salir a tomar el vermú.
Vela abordó también el papel de las nuevas tecnologías, reclamando que la digitalización sea democrática e intuitiva, y lanzó una pregunta que resume el criterio para evaluarlas: "Preguntémonos si nos ayudan a estar más juntos o si nos separan."
El representante del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada señaló que uno de los problemas actuales es que muchas aplicaciones y herramientas digitales no están diseñadas pensando en la accesibilidad real para todas las edades. Puso como ejemplo las aplicaciones bancarias y otros servicios digitales de uso cotidiano, donde la falta de intuitividad genera barreras que no son exclusivas de las personas mayores. "No es un tema de edad, es un tema de todas las edades", subrayó, reclamando un diseño más universal que no requiera manuales de instrucciones.
En ese sentido, Vela animó a los profesionales presentes a consultar los recursos del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, accesibles a través de su página web soledades.es, donde se recogen entre otros estudios sobre la conexión a través de las nuevas tecnologías como herramienta de vinculación social. La clave, insistió, no está en la tecnología en sí misma sino en el uso que se hace de ella: puede ser un puente hacia el otro o, si se gestiona mal, una nueva fuente de aislamiento.
En el cierre, cada ponente identificó el cambio que consideraba más urgente. Coll Planes reclamó recuperar la complejidad del fenómeno, frente a la simplificación creciente del debate público. Butinyà señaló la legislación como el principal obstáculo a transformar. Y Vela apostó por un cambio de narrativa: dejar de ver la soledad como un problema individual para convertirla en "una responsabilidad colectiva".
Anna Cebrián cerró la mesa con una reflexión que sintetizó el espíritu del debate: "Tenemos que seguir como comunidad intentando trabajar los vínculos, el propósito, y no ver lo que no tienen las personas, sino lo que todavía tienen."