"Estamos entrando en una etapa en la que cuidar bien va a ser más difícil, no porque falte voluntad, sino porque las piezas básicas del sistema serán más escasas. Y cuanto antes lo asumamos, mejor podremos prepararnos".
Hablando con varios propietarios de residencias recientemente surgió el tema de la dificultad para encontrar trabajadores. Aunque este se está convirtiendo en “el tema de debate constante del sector geroasistencial”, me sorprendió que se está produciendo un tránsito entre dramatismo o enfado hacia la resignación. Como si hubiesen llegado a la conclusión de que aquello ya no era un bache o una mala racha, ni una de esas temporadas en las que cuesta más cubrir vacantes. Más bien parecía asumir que estaba delante de algo que había venido para quedarse y que le iba a doler durante tiempo.
Y yo diría que tiene bastante razón. Cuando hablamos de la falta de personal en el sector de los cuidados, a veces lo enfocamos como una crisis, como si bastara con esperar a que el mercado laboral se estabilice un poco o con mejorar un poco los salarios para que todo vuelva a encajar. Mi impresión es que el asunto va bastante más allá. Yo lo veo más como un cambio de fondo que como una dificultad pasajera. Algo que, queramos o no, va a cambiar a fondo las residencias en los próximos años.
Tenemos cada vez más personas mayores, más personas en situación de dependencia y, por tanto, más necesidad de cuidados. Eso ya lo sabemos. Lo que quizá cuesta más asumir es que, al mismo tiempo, la base de población joven disponible para trabajar no crece, sino que disminuye y solo lo hace de forma lenta por el flujo de inmigrantes que continúan llegando. Y eso convierte el problema en algo muy serio. Porque no estamos hablando solo de que falten personas para trabajar hoy. Estamos hablando de que, salvo sorpresa demográfica o migratoria de gran calado, dentro de unos años, sencillamente, no habrá las que necesitaremos.
Pero yo veo una pregunta previa, incluso más incómoda. No basta con preguntarse cuántos jóvenes habrá. También conviene preguntarse cuántos querrán trabajar en este sector. Y ahí entramos en otro terreno, no tanto demográfico como cultural.
Trabajar en una residencia, en ayuda a domicilio o en otros servicios de atención a personas mayores exige esfuerzo físico, capacidad emocional, paciencia, responsabilidad y una cierta tolerancia a horarios que no siempre son los más cómodos. Eso compite con otros sectores que, al menos desde fuera, resultan más atractivos para muchos jóvenes. Algunos ofrecen mejores horarios. Otros una imagen más moderna. Otros simplemente parecen menos duros.
Imaginemos a una joven, o a uno, que hoy tiene quince años y que, dentro de unos diez, podría trabajar como gerocultora. ¿Qué piensa hoy esa adolescente que es el trabajo en una residencia? ¿Se siente mínimamente atraída? A la hora de elegir entre diferentes opciones formativas, ¿se interesará por el mundo del cuidado?
No estoy hablando ahora de sueldos o convenios, que importan mucho, sino también de interés íntimo, de prestigio, reconocimiento, carrera profesional y relato social. Durante bastante tiempo se ha dado por hecho que cuidar era algo que alguien haría por vocación, o por necesidad, o porque no encontraba otra cosa. Y me parece que eso ya no da más de sí.
También creo que hemos abusado del argumento de la vocación. Claro que existe. Por supuesto que hay personas que encuentran sentido a su trabajo en este ámbito y que lo viven con compromiso sincero. Pero la vocación no resuelve por sí sola un problema de reclutamiento y permanencia. No paga un alquiler. No evita el desgaste. No compensa siempre la dureza de un trabajo diario que comporta atender a personas que, por muy bien que lo hagas, verán sus capacidades deterioradas y acabarán muriendo. Eso requiere de un apoyo dentro de la organización, de un equipo que te apoye y de un relato que te haga sentir bien. El salario es importante, pero no es todo.
Y a pesar de esa realidad, cuando se habla de la solución, casi todo el mundo mira a la financiación. Y hace bien (si es “para empezar”). Sin más financiación es difícil mejorar salarios, reforzar equipos y ofrecer condiciones más competitivas. Pero yo sería prudente con la idea de que el dinero, por sí solo, resolverá el problema. Ayuda, desde luego. Es imprescindible. Pero estaríamos hablando más de una condición necesaria que de una solución completa. Porque, aunque mejoremos las condiciones, seguiremos teniendo menos jóvenes y una competencia creciente entre sectores por captar a los que haya.
Eso obligará a cambiar formas de trabajar. Algunas residencias ya lo están viendo. Externalizan determinados procesos, reorganizan tareas, introducen tecnología, rediseñan circuitos internos o revisan servicios que hasta ahora parecían intocables. Y no tanto por modernidad o por gusto por la innovación, sino por pura necesidad. Más que de modas, estaríamos hablando de limitaciones reales que empujan a buscar nuevas fórmulas.
Ahora bien, tampoco conviene engañarse con eso. La tecnología ayuda. La reorganización ayuda. La externalización, en algunos casos, también. Pero el cuidado sigue necesitando personas. No muchas veces, sino casi siempre. La cuestión es que cada vez será más importante atraerlas, tratarlas bien, formarlas y conseguir que no se marchen a la primera oportunidad.
Al final, quizá la pregunta no sea solo cómo atraer jóvenes al sector, sino qué está dispuesto a cambiar el propio sector para resultar más atractivo sin perder calidad. Porque si en eso hacemos solo retoques superficiales, me temo que la resignación de aquel director se irá extendiendo. Y con razón.
No creo que esto deba mirarse con catastrofismo. Pero sí con bastante realismo. Estamos entrando en una etapa en la que cuidar bien va a ser más difícil, no porque falte voluntad, sino porque las piezas básicas del sistema serán más escasas. Y cuanto antes lo asumamos, mejor podremos prepararnos. Lo contrario sería confiar en que el problema se arreglará solo. Y eso sí que me parecería una temeridad.
Releo lo que he escrito y creo que estoy dando un tono demasiado pesimista. Lo cierto es que no lo siento así. Creo que encontraremos una solución. Lo que me preocupa de verdad es que esta quizás deje a gente fuera. Pero de eso escribiré otro día.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
Síguele el Linkedin: https://www.linkedin.com/mynetwork/discovery-see-all/?usecase=PEOPLE_FOLLOWS&followMember=josep-de-marti-valles