Opinión

Residencias de salud mental: cuando el cuidado es también un proyecto de vida

Francisco Núñez Valdivia, psicólogo forense y social, mediador y formador. (Foto: Francisco Núñez Valdivia).
Francisco Núñez Valdivia | Domingo 22 de marzo de 2026

Cuando se habla de residencias, el imaginario colectivo suele dirigirse casi de inmediato a las personas mayores. Sin embargo, dentro del sistema de servicios sociales existen otros recursos residenciales mucho menos visibles, pero igual de necesarios. Entre ellos, los dirigidos a personas con problemática social derivada de trastornos mentales.

Estos dispositivos, que forman parte de la cartera de servicios sociales en comunidades como Catalunya, están pensados para personas de entre 18 y 65 años que, además de un trastorno mental severo, afrontan situaciones de exclusión, fragilidad social o ausencia de red familiar. No son hospitales ni deberían funcionar como tales. Tampoco son simples alojamientos. Son, o deberían ser, lugares de vida con apoyos.

Durante décadas, la respuesta social a la enfermedad mental grave ha oscilado entre dos extremos poco satisfactorios: la institucionalización prolongada o el abandono. La aparición y consolidación de recursos residenciales de salud mental comunitaria ha abierto una tercera vía, todavía insuficientemente conocida y reconocida: la de la rehabilitación psicosocial sostenida en la vida cotidiana.

Desde centros como Llar Can Pujador y Llar Victòria, situados en Sant Vicenç dels Horts y Castelldefels, se acompaña de forma continuada a más de cincuenta personas con trastornos mentales severos. La atención es permanente, los 365 días del año, y se apoya en equipos multidisciplinares vinculados a la salud mental comunitaria. Pero lo relevante no es solo la cobertura horaria o el número de profesionales, sino el enfoque: trabajar con la persona en su día a día, no únicamente sobre su diagnóstico.

Después de 25 años de trayectoria, este tipo de recursos han demostrado que cuidar va mucho más allá de estabilizar síntomas. La rehabilitación psicosocial no consiste en “tener a alguien atendido” dentro de un centro, sino en acompañar procesos complejos como recuperar rutinas, reconstruir vínculos, gestionar el malestar emocional o volver a relacionarse con el entorno sin quedar atrapado en una etiqueta clínica.

En este sentido, la evaluación del éxito no puede limitarse a indicadores clínicos. Hay avances que no caben fácilmente en un informe, pero que resultan evidentes en la práctica: cuando una persona vuelve a encontrar sentido a sus días, cuando puede convivir con otros, tomar pequeñas decisiones, sostener relaciones o sentirse parte de una comunidad.

Por eso, una residencia de salud mental no debería concebirse como un espacio cerrado sobre sí mismo. Su función es, en buena medida, ser un puente. Un lugar desde el que reconectar con la vida comunitaria, con recursos externos, con espacios de ocio, formación y relación. La inclusión real no ocurre únicamente dentro del recurso, sino cuando la persona puede construir identidad y pertenencia fuera de él.

Convivir, en este contexto, también es rehabilitar. No se trata solo de compartir un espacio físico, sino de aprender a regularse con otros, gestionar conflictos y sostener la vida cotidiana con apoyos adecuados, sin infantilizar ni invadir. Esto exige tiempo, equipos estables y un marco claro, algo que no siempre encaja bien con las urgencias del sistema.

Hablar de rehabilitación psicosocial es, en el fondo, hablar de derechos y de ciudadanía. De reconocer que las personas con trastornos mentales graves forman parte de la sociedad y que su recuperación no depende solo de tratamientos, sino también de oportunidades reales para reconstruir un proyecto vital.

Quizá por eso conviene recordar que, cuando hablamos de dependencia, también hablamos de estas personas. Personas a menudo invisibles, situadas en los márgenes del debate público, pero que necesitan exactamente lo mismo que cualquier ciudadano: apoyos adecuados, comunidad y la posibilidad de vivir una vida que merezca ser vivida.

Francisco Núñez Valdivia, psicólogo forense y social, mediador y formador (psicologia@canpujador.es)

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