Cada vez que aparece un brote de gripe en una residencia, la escena se repite. Revisamos protocolos, reforzamos mensajes, recordamos medidas que ya conocemos de memoria y tratamos de contener la situación lo mejor posible. Es una reacción lógica y necesaria. Sin embargo, con el paso del tiempo uno empieza a preguntarse si, más allá de hacer lo habitual, estamos revisando de verdad todos los puntos críticos o si algunos siguen quedando fuera del foco por pura costumbre.
Este año la gripe se está mostrando especialmente precoz y contagiosa. En personas mayores y vulnerables no es un proceso banal. Aumentan las neumonías, las descompensaciones de patologías crónicas, las hospitalizaciones y, en los casos más graves, la mortalidad. Por eso, más allá de reaccionar cuando el brote ya está encima de la mesa, conviene hacerse una pregunta incómoda desde la dirección: ¿estoy actuando sobre todas las vías de contagio o solo sobre las más evidentes?
Los virus respiratorios se transmiten principalmente por el aire, pero no exclusivamente. El contacto con superficies contaminadas es una vía bien documentada desde hace décadas. Es lo que la literatura científica denomina fómites. Y la ropa lo es. No de forma anecdótica, sino de manera constante. La ropa del residente está en contacto permanente con el cuerpo, día y noche. Recoge secreciones respiratorias, sudor y restos biológicos. Se toca continuamente con las manos y pasa por múltiples manipulaciones humanas antes de volver al armario o al cuerpo del residente. En un entorno cerrado como una residencia, esta cadena se repite todos los días.
La evidencia científica es clara. Diversos estudios internacionales han demostrado que el virus de la gripe puede sobrevivir en textiles cuando los procesos de lavado no están correctamente controlados y que la manipulación posterior favorece la transferencia mano-cara y la recontaminación cruzada, especialmente en entornos sociosanitarios. Dicho sin rodeos, la ropa puede convertirse en un vector de transmisión si no se trata adecuadamente.
Durante años hemos dado por supuesto que lavar era suficiente. Que introducir la ropa en una lavadora, añadir detergente y seleccionar un programa resolvía el problema. Hoy sabemos que no es así. La eficacia del lavado depende de muchos factores que no siempre se controlan en una lavandería interna: la temperatura real alcanzada y mantenida durante el tiempo necesario, la concentración efectiva de detergente, la carga de la máquina, la dureza del agua, el estado de los tejidos y, sobre todo, lo que ocurre antes y después del lavado. Clasificar, transportar, doblar y redistribuir ropa limpia sin un circuito estrictamente controlado puede anular buena parte del esfuerzo previo.
Para responder a esta realidad, en Europa se desarrolló el sistema RABC, un marco normativo específico para romper la cadena de transmisión a través de los textiles. Es, en la práctica, el equivalente al APPCC de las cocinas, aplicado a lavandería. No es una recomendación genérica ni una buena práctica voluntarista. Es un sistema basado en la separación física real de circuitos sucio y limpio, en procesos de lavado validados frente a virus y bacterias, en el control estricto del personal y en la trazabilidad y verificación continua mediante auditorías y controles microbiológicos independientes.
Cuando estos elementos se aplican de forma sistemática y no solo sobre el papel, el riesgo de contagio vía ropa pasa de ser incierto o elevado a residual. Y esto cambia por completo la forma de entender la lavandería dentro de una residencia. Deja de ser un servicio logístico que funciona en segundo plano y pasa a ser una auténtica barrera sanitaria.
En un centro donde conviven decenas o cientos de personas frágiles, un solo fallo en el tratamiento de la ropa puede afectar a muchos residentes a la vez. Y no hablamos solo de gripe. Hablamos también de sarna, infecciones cutáneas, gastroenteritis y de la carga microbiana acumulada en un entorno cerrado.
La evidencia ya está sobre la mesa. La pregunta ya no es si la ropa contagia. La pregunta es si, con esta información, podemos permitirnos seguir tratándola como un detalle menor dentro de la gestión sanitaria de una residencia.
En Bubble Texcare hemos diseñado un servicio específico para residencias que convierte la lavandería en una barrera sanitaria real. Somos la única empresa que, a día de hoy, puede certificar el cumplimiento íntegro del sistema RABC en todo el circuito de externalización del lavado de la ropa de los residentes, desde la recogida y clasificación hasta la devolución final con trazabilidad. No hablamos de buenas intenciones ni de promesas genéricas: hablamos de procesos validados, separación estricta de circuitos sucio y limpio, controles documentados y verificación continua.
Quien dirige una residencia sabe que, en una epidemia, los detalles no son detalles. Por eso ofrecemos garantías demostrables donde otros ofrecen confianza.
Marco Antonio García-Baile es CEO, consejero y director internacional en Bubble Texcare