Opinión

¿Es la vejez una enfermedad que se puede curar?

El fundador de Inforesidencias.com, Josep de Martí. (Foto: JC/Dependencia.info).
Josep de Martí | Martes 03 de octubre de 2023

En pocos días hemos conmemorado el Día Internacional del Alzheimer y el Día Mundial de las personas mayores. Lo cierto es que eso de los “días internacionales” se ha convertido el algo bastante frívolo, una especie de herramienta de márketing que llama la atención de los medios de comunicación, ni que sea un día al año, sobre cuestiones que, de otra forma, quedarían ocultas en el gigantesco aluvión informativo.

Algunos son verdaderamente originales, como el de las enfermedades raras, que se celebra el último día de febrero de forma que, cada cuatro años, cae en un día tan “raro” (29 de febrero) como las enfermedades sobre las que quiere llamar la atención. Otros son muy serios, como el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo (28 de abril); aunque también los hay que parecen una broma, como el día internacional de la croqueta (16 de enero).

Entiendo que la finalidad del día del Alzheimer es que algún día podamos vivir sin la lacra que supone esa enfermedad para quien la sufre, quienes les atienden y toda la sociedad. Pero, ¿podemos imaginar que la finalidad de conmemorar un día mundial de las personas mayores fuese acabar con ellas? No me refiero, por supuesto acabar “físicamente”, sino poner fin a lo que lleva a una persona a ser considerada mayor, o sea, el envejecimiento.

Llevo unos cuantos días leyendo en la revista “The Economist” un especial que han publicado, dentro del apartado “tecnología”, sobre longevidad y no tiene desperdicio. El hilo conductor se puede condensar en una pregunta/dilema: ¿Es el envejecimiento algo natural e inevitable o, por el contrario, es un fenómeno prevenible, afrontable y reversible que se puede tratar como trataríamos a una enfermedad?

La pregunta no es baladí, ya que si consideramos al envejecimiento como una enfermedad podríamos gastar dinero en descubrir qué la genera, cómo curarla e incluso en inventar una vacuna. Hoy día, el consenso científico considera el envejecimiento como un proceso inevitable que vivimos todos. El “anti-aging” o los tratamientos rejuvenecedores forman parte del mundo de la estética y del márquetin vende-sueños. Si alguien propone un medicamento que pare o revierta el envejecimiento difícilmente encontrará financiación y apoyo en el mundo académico. O por lo menos así era hasta hace unos pocos años.

Hoy la cosa es diferente. Los poderosos ya no matan a miles de vírgenes para bañarse en su sangre, sino que invierten miles de millones en empresas y “start ups” que investigan para desentrañar los mecanismos que llevan a las células y organismos a envejecer y acabar muriendo. Palabras como “telómero”, “apoptosis”, “células senescentes” o “metformina” se escapan del mundo de los laboratorios y la academia para ser mencionadas en blogs y en los medios.

La idea es que, si se puede investigar qué es lo que lleva a las células y organismos a envejecer y se afronta cada una de esas causas por separado, se puede alargar la esperanza de vida saludable de forma que, para muchos, los 110 sean los nuevos 70. El siguiente paso lo impulsaría una “reingeniería celular” que permitiría resetear el cuerpo cada cierto tiempo para volverlo, digamos a los 30 años. En ese momento podríamos llegar a ser, no inmortales, aunque sí amortales.

O sea, llegado el caso, nadie nos protegería de morir de hambre o de frío si nos expusiéramos a situaciones extremas, tampoco estaríamos a salvo de una muerte violenta o un envenenamiento. Eso sí, dejaríamos cadáveres bien conservados. Nos olvidaríamos de la fragilidad y decrepitud que suelen venir asociadas con la edad avanzada y que acaban llevando a la muerte incluso a los mejor dotados por la genética y la suerte.

Ante la exclamación: “¡Esto va contra natura!” creo que nadie levantaría una ceja. Al fin y al cabo, llevamos años luchando contra las limitaciones que supone la evolución de la especie que en teoría se fundamenta en la supervivencia y reproducción de los más adaptados. Hoy nos podemos reproducir casi todos con una “pequeña ayuda” aunque esto suponga pasar a la siguiente generación genes que no aportan nada a la selección natural. Es decir, que este proceso se puede ir dando sin que, los que no podamos pagarlo, nos demos cuenta.

No sé si soy el único al que esta expectativa le incomoda. Tengo casi sesenta años y todos ellos los he vivido pensando que, a pesar de las desigualdades de todo tipo, el envejecimiento y la muerte son los dos grandes igualadores que al final nos ponen a todos en nuestro sitio. Nunca me ha preocupado el hecho de que no pueda alcanzar los 125 años, es más, si me ofreciesen asegurarme llegar a los 80 con un perfecto estado de salud y morir mientras duermo, tendría que pensármelo mucho antes de descartar la oferta y arriesgarme.

Me considero un humanista por lo que creo que las personas tenemos un valor especial por el mero hecho de serlo. Pero cuando pienso eso mi concepto de “persona” es el tradicional, o sea alguien que nace, vive y muere (y que normalmente durante su tránsito terrestre también se reproduce y envejece). No sé si consideraría personas con el mismo valor a los seres humanos amortales.

Me da un poco de vértigo que, eso en lo que coincido desde el XXI con Jorge Manrique (s XIV) pueda desaparecer. “…allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, allegados son iguales, los que viven por sus manos, y los ricos”.

Ante esta situación veo dos discusiones diferentes: una es la puramente técnica. Esta es la que nos lleva a observar al tiburón que vive 500 años, a la levadura modificada genéticamente o a los entresijos de la división celular. Ahí me veo superado, sencillamente, no sé. Donde sí veo un debate en el que me gustaría participar es aquel que imagina cómo pueden ser las cosas dentro de unos años y cómo debería ser el proceso que nos lleve allí.

Si, en una primera fase, y mediante el uso de técnicas y medicamentos enormemente caros, una élite consigue envejecer saludablemente y sin signos de desgaste hasta los 120 o 130 años, mientras los demás seguimos como hasta ahora, ¿qué efectos puede tener eso para la sociedad? ¿Se convertirán en la tiranía de los viejóvenes? ¿Deben los poderes públicos participar incentivando o desincentivando ese tipo de investigaciones? Es más, ¿deberían los poderes públicos, llegado el momento, establecer alguna limitación sobre lo que pueden ganar, tener o hacer lo viejóvenes?

Yendo un poco más lejos, si conseguimos que esas técnicas y medicamentos se abaraten hasta llegar a la mayoría de la población y que se alcancen los 170 o 200 años saludables, ¿aguantarán las estructuras sociales esa convivencia intergeneracional en la que puedan convivir ocho generaciones? ¿Sobreviviría el concepto de familia? ¿Se produciría una explosión demográfica o una implosión? ¿Cambiarían las relaciones entre países?

Y, si pasamos de problemas sociales a otros más individuales, ¿cómo vivirías si tuvieses la sensación de ser amortal pero te pudieses morir de un accidente? ¿Te volverías profundamente paranoico y te quedarías en tu casa limitando cualquier contacto por miedo? ¿Cómo se adaptaría nuestro “yo” a la mejora continua del vehículo en el que viajamos, nuestro cuerpo? ¿Cómo guardaríamos y administraríamos nuestros recuerdos, habría sitio para tantos? ¿Afectaría esa superlongevidad a la forma en que nos relacionamos y sentimos? En definitiva, ¿podríamos llegar a un momento en el que, curados de la enfermedad del envejecimiento, viviésemos menos felices que cuando llegar a los 80 era considerado un gran logro?

He titulado esta tribuna con una pregunta y veo que he acabado planteando muchas otras.

Me imagino a mí mismo, dentro de treinta años, coincidiendo con el día internacional de la tortilla de patata, volviendo a leer este texto, conociendo ya algunas respuestas y sorprendiéndome de lo poco perspicaz que fui al no plantear aquellas cuestiones que de verdad acabaron siendo las relevantes.

De momento, me conformo con rememorar otra de las coplas de Jorge Manrique:

… Las mañas y ligerezas

Y la fuerza corporal de juventud,

Todo se vuelve graveza,

Cuando llega el arrabal de senectud.

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