Tal como apuntó el filósofo Ludwig Wittgenstein: el lenguaje importa... De igual modo, cuando hablamos de políticas de envejecimiento, las palabras que elegimos condicionan la mirada, el marco de actuación de los gobiernos y las expectativas del ciudadano. Por ello propongo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), que en este momento está inmersa en el bonito proyecto de diseñar una nueva estrategia para ayudar a los países europeos a afrontar los complejos retos que se derivan del envejecimiento de su población, que reemplacen el término «envejecimiento activo y saludable», por el de «envejecimiento inteligente».
A continuación, presento los argumentos que sustentan mi propuesta.
Las limitaciones del término "envejecimiento activo"
En el año 2002 la OMS hizo algo que ha tenido gran impacto en nuestros países: proponer el concepto "envejecimiento activo y saludable" en la ciudad de Madrid durante su II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento de las Naciones Unidas. El objetivo era superar la visión de la vejez como sinónimo de discapacidad y promover una experiencia positiva, fomentando la participación social, económica, cultural, espiritual y cívica. Y realmente el impacto de esta propuesta ha sido importantísimo.
Sin embargo, cuando a la mayoría de las personas nos hablan de envejecimiento activo, lo ligamos a “actividad”: caminar, hacer gimnasia, movernos, estar en forma. Es decir, el énfasis recae en la ejecución de acciones físicas o conductuales cuando realmente muchas personas mayores no pueden alcanzar ese ideal de actividad física porque padecen dolencias, enfermedades crónicas o tienen limitaciones funcionales.
El apremio al “envejecimiento activo” hace hincapié en el “hacer” antes que en el “ser” o el “decidir” coincidiendo con esa característica de nuestra sociedad, que critica el filósofo Byung Chul Han recientemente galardonado con el premio Princesa de Asturias. En su libro “La sociedad del cansancio” recalca que el efecto de esa característica resulta en que los trastornos más frecuentes que sufrimos no sean infecciones externas, sino los que él denomina “infartos del alma” (depresión, agotamiento y síndrome de burnout).
En ese contexto de rendimiento y producción constante, la palabra “activo” puede contribuir —involuntariamente— a un paradigma que valora más el movimiento y la productividad que la reflexión, la dignidad, la autonomía y el diseño de vida. Como Han indica, vivimos en una “sociedad del rendimiento” que no deja espacio ni al aburrimiento profundo, ni a la vida contemplativa.
En términos de políticas públicas, “activo” puede implicar un enfoque universal que pone la misma meta para todos: seguir siendo activos físicamente, cuando la realidad demográfica, epidemiológica y funcional de las personas mayores es heterogénea y compleja. Por ello, el calificativo “activo”, aunque innovador y útil en su momento, está superado pues es insuficiente para reflejar todo lo que debe incluir un buen envejecimiento que sin duda debe comprender variables cognitivas, sociales, emocionales e incluso tecnológicas.
Los pilares del buen envejecimiento
Por otra parte, la propuesta de la OMS se apoya en cuatro pilares fundamentales: salud, participación, seguridad y dimensión económica. Que sean estos cuatro tiene su lógica si pensamos en el campo de actuación asignado a este organismo de la ONU, pero hoy que el envejecimiento poblacional es uno de los mayores retos que enfrentan todos los países desarrollados, quizás es necesario ampliar la visión sobre esos pilares para incluir algunos otros que también son clave para que las personas disfruten de la mejor vejez posible. Me refiero, por ejemplo, al que determina la población y vivienda que escogemos para pasar nuestra vejez; al de la tecnología que nos exige usar una digitalización ya imparable; a las cuestiones jurídicas que tenemos que tener en cuenta para evitar problemas y proteger nuestros intereses en sociedades donde el mayores es cada vez más vulnerable; a la conveniencia de prepararse para la enfermedad y la muerte; a la importancia de aprender a cuidar de nuestros mayores para luego saber cuidarnos mejor a nosotros mismos o a la importancia de ser capaces de gestionar bien nuestro ocio para tener una vida con sentido hasta el final.
Diseñar políticas públicas adecuadas para favorecer el buen envejecimiento de los ciudadanos será más fácil si entramos en un mayor nivel de detalle respecto a los pilares clave para lograr el objetivo que cualquier nación debe tener hoy: que sus ciudadanos asuman su responsabilidad individual de diseñar su mejor futuro, garantizándose así una vejez menos dependiente de los servicios sociales y una longevidad disfrutable.
En resumen, mi propuesta es ampliar a 9 los pilares del buen envejecimiento. Todos los que sostienen el tejado de una buena vejez y en cuya lista yo incluyo los siguientes: Finanzas y Seguros, Legal, Jubilación y Trabajo, Hogar, Tecnología, Salud y Bienestar, Ocio y Sociabilidad, Enfermedad y Muerte, Cuidado de Nuestros Mayores.
¿Por qué evolucionar al envejecimiento “activo y saludable” al “inteligente”?
El término envejecimiento inteligente (smart ageing) aporta varias ventajas conceptuales que, a mi juicio, lo hacen más robusto.
En suma: cambiar el término no es un juego lingüístico menor. Es reconfigurar la mirada, reorientar las políticas, reequilibrar la responsabilidad individual y colectiva, y dar un sentido más amplio, más humano, más ajustado a la realidad variable del envejecimiento. Para que parafraseando, a Ludwig Wittgenstein, los límites del lenguaje político no impongan límites a los mundos de las personas
Una propuesta para el diseño de nuevas políticas y discursos público
Ya que la OMS está diseñando o revisando su nuevo plan estratégico para Europa sobre envejecimiento (o podría hacerlo), quizás tendría que plantearse la siguiente pregunta: ¿Y si evolucionamos desde el “envejecimiento activo” hacia el “envejecimiento inteligente”?
Algunas ideas operativas para ese cambio de nomenclatura y enfoque:
Conclusión
En definitiva: si como señalo Wittgestein "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", nuestro lenguaje limita lo que podemos imaginar, entonces al hablar de “envejecimiento activo” podríamos estar acotando innecesariamente la visión de lo que es envejecer bien. Cambiar a “envejecimiento inteligente” implica ampliar esa visión, dar mayor protagonismo a la persona mayor, reconocer sus capacidades de decisión, abrazar la complejidad del envejecimiento, y adaptar nuestras políticas al siglo XXI.
Es hora de dar ese paso. Y quizás la OMS, como actor clave en el diseño de normativas internacionales de salud y envejecimiento, esté en posición de liderar ese cambio de lenguaje y enfoque. Ahí lo dejo, como idea, ¿pasamos de ser activos a ser inteligentes?
María Jesús González-Espejo, fundadora del Instituto de Smart Ageing, Matura Club de Mejor Longevidad y autora de 'El arte de envejecer sabiamente'.