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6 de diciembre de 2019, 0:28:26
Opinión


La vejez se ha acabado (I)

Por Josep de Martí


Una frase como la que da título a esta tribuna podría ser el eslogan de una crema antienvejecimiento, pero es lo que aparece en la portada de la revista del MIT (Massachusetts Institute of Technology), uno de los centros de investigación científica más importante del mundo, por lo que habrá que darle algo de importancia. No se trata de que hayan dedicado un artículo al tema, sino todo el boletín de septiembre y octubre de 2019.

Después de leer el artículo me atrevo a tomar algunas de sus ideas, muy centradas en Estados Unidos, y traerlas a un entorno más cercano al nuestro. Por supuesto, recomiendo leer el original.

El mundo enfrenta varios cambios durante las próximas décadas que van a alterar de forma importantísima la vida en nuestro planeta. Algunos, como el desarrollo de la inteligencia artificial, el cambio climático o la edición genética, todavía esconden incógnitas que no nos permiten vislumbrar su desarrollo futuro, lo que sí está claro es que el envejecimiento global va a influir profundamente los próximos años. En un siglo casi hemos doblado la expectativa de vida del ser humano y, como muestra de que esto no es sólo algo que afecta a los países más desarrollados, por primera vez en la historia, a nivel planetario hay más mayores de 65 años que menores de 5.

Para muchos demográfos, el Baby Boom que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial en occidente no fue más que una pequeña anomalía en un mundo que tendía hacia la bajada de fertilidad desde mediados del siglo XIX (vale la pena leer el libro Empty Planet que da muchas claves al respecto). Ahora vemos una tendencia clara y mundial hacia el envejecimiento, con menos nacimientos y una creciente esperanza de vida.

No podemos predecir el número exacto de mayores, pero sí vemos la tendencia y la velocidad con la que se producirá el proceso de envejecimiento global. Y, sin embargo, no estamos preparados para las consecuencias.

Esta falta de preparación es económica, social, institucional y tecnológica.

La “fuga de cerebros hacia la jubilación” es un fenómeno que está afectando a partes de nuestra economía. Se jubilan más enfermeras y médicos que los que salen de las facultades. Además, todo su conocimiento y talento se pierde irremediablemente sin que se establezcan sistemas que permitan que puedan beneficiar a la sociedad. Lo paradójico es que al mismo tiempo que se jubila alguien que desarrolla muy bien un trabajo gracias a su preparación y habilidades ganadas con la experiencia, los trabajadores mayores desempleados de más de 45 años sin cualificación ven difícil encontrar buenos empleos.

Encima, no es que la jubilación lleve a las personas a una situación idílica, sino que, con un sistema de pensiones difícilmente financiable en el medio y largo plazo, muchos recién jubilados saben que, si no han ahorrado por su cuenta durante su vida laboral (algo a menudo difícil), pueden ver sus situación económica comprometida en los próximos años.

Las personas mayores que vivan en una ciudad pueden contar con sistemas de transporte público, servicios de salud cercanos y accesibilidad a variados servicios. En cambio, los que viven en entornos rurales super-envejecidos, ven que su situación no dependerá únicamente de su capacidad económica, sino también de algo que no controlarán, como la despoblación y la ausencia de gente joven. La imagen tradicional del “pueblo” en el que la abuela era cuidada por su familia extensa puede convertirse fácilmente en algo del pasado en un mundo rural casi vacío.

Nos enfrentamos a unos años de contradicciones y paradojas. Todavía se producen pre-jubilaciones mientras que, cada vez, resulta más difícil poder contratar diferentes perfiles profesionales. Podemos ver el retraso en la edad de jubilación como un ataque a derechos o como una señal de que hemos conseguido aumentar los años de vida totales y los de “vida con autonomía y capacidad”.

El 19% de la población española tiene más de 65 años y crece enormemente el número de quienes tienen más de 80 (en 30 años se doblará su número) e incluso más de 100 (en 30 años su número se multiplicará por 10 pasando de 11.000 a 109.000). Parece que en este entorno deberíamos estar generando un enorme abanico de productos y servicios pensados para el creciente número de personas mayores. Y, sin embargo, lo que se está haciendo no coincide con aquello que las propias personas mayores quieren o piensan que necesitan.

El Laboratorio de Envejecimiento del Massachusetts Institute of Technology MIT AgeLab, se ha centrado en una de estas paradojas en particular: el desajuste profundo entre los productos creados para personas mayores y los productos que realmente quieren. Para dar solo algunos ejemplos, solo el 20% de las personas que podrían beneficiarse de los audífonos los buscan. Solo el 2% de los mayores de 65 años buscan tecnologías personales de respuesta a emergencias, el tipo de dispositivos portátiles que pueden llamar a emergencias con solo presionar un botón, y muchos (quizás incluso la mayoría) de aquellos que los tienen, se niegan a presionar el botón de llamada incluso después de sufrir una grave caída. La historia nos da muchos ejemplos de estos productos fallidos, desde coches pensados para ser “amigables con los mayores” hasta alimentos para ancianos o teléfonos móviles de gran tamaño con teclas muy grandes o de funcionamiento muy sencillo. Ninguno de ellos acabó triunfando.

En todos los ejemplos, los diseñadores de productos pensaron que entendían las demandas del mercado senior, pero subestimaron cómo los consumidores mayores huirían de cualquier producto que desprendiese el más sutil olor a "vejez".

No cabe duda de que los pulsadores de teleasistencia y telealarma están pensados para "personas mayores". El problema es saber quién se verá como mayor en primera persona. El famoso centro de estudios Pew ha hecho recientemente una encuesta sobre autopercepción con resultados interesantes. Si preguntas a personas de entre 18 y 29 años a partir de qué edad se es viejo te dicen que a partir de los 60; entre quien tiene más de 65 la edad en que se entra en la vejez es de 75. La media, tomando a todos los encuestados vería la puerta de entrada en la vejez en los 68 años. Cuando, dando un paso más, preguntan a personas de cierta edad si son viejos la respuesta es sorprendente. Entre los encuestados de entre 65 y 74 años, solo el 21% dice sentirse viejo. Incluso, entre los que tienen 75 años o más, solo el 35% dice considerarse viejo.

Hacer un esfuerzo de empatía sería un primer paso en la buena dirección. Algo que hicieron en VolksWagen hace años con la creación del traje Max, que simula edad y que empieza a ser más común entre diseñadores de diferentes productos y servicios.

En España, Stephan Biel está licenciado por la marca para utilizar el traje Max en formaciones que imparte para residencias de tercera edad y otras instituciones.

Existe una brecha de expectativas entre lo que los consumidores mayores desean de un producto y lo que la mayoría de estos productos ofrecen, y no es un asunto frívolo. Si alguien necesita un audífono pero nadie puede fabricar uno que el futuro usuario considere que vale la pena comprar, lo que acabará sucediendo tendrá serias ramificaciones para su calidad de vida pudiendo conducir al aislamiento social e incluso pudiendo generar situaciones de peligro.

Continuará...

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